Dialogamos con Ana Gorostizu, autora de ‘El arte sin órganos: Manifiesto de la música electrónica’, un ensayo que piensa la rave como forma de conocimiento. Hablamos con ella sobre el cuerpo, el tiempo y sobre cómo la fiesta puede ser un espacio político.
Hay una idea que atraviesa toda la obra de Ana Gorostizu (Madrid, 1998): la música electrónica se entiende mejor como una serie de prácticas que como un estilo cerrado. No es algo que se escucha desde fuera, sino algo que se hace con el cuerpo, en un espacio y en un tiempo concretos. Desde ahí escribe El arte sin órganos (La Caja Books), su primer libro, un ensayo que combina teoría, crítica cultural y experiencia personal para formular una pregunta: ¿qué produce la electrónica en quiénes la habitan?
Formada en Filosofía por la Universidad Complutense y con un máster en Historia del Arte Contemporáneo y Cultura Visual por la Autónoma, Gorostizu desarrolló el proyecto gracias a una Ayuda Injuve para la Creación Joven en 2022. Su método fue tanto intelectual como físico: recorrió raves en bosques y naves industriales a las afueras de las ciudades, observando cómo el sonido, el humo y la luz se funden con los cuerpos. A esa mirada, ella misma la llama la de una flâneuse del sonido, alguien que pasea y observa más que participa, y que suma a la escritura su experiencia como productora.
El título dialoga con el «cuerpo sin órganos» de Deleuze y Guattari, y esa filiación marca el tono del libro: la electrónica aparece no como un objeto estable, sino como un fenómeno en transformación constante. En sus páginas conviven referencias a Jacques Attali, Mark Fisher, Walter Benjamin o McKenzie Wark, y una estructura en tres tiempos: «Tiempo de (re)producir», «Tiempo de recordar» y «Tiempo de bailar», que ordenan un recorrido por la memoria, la repetición y el capitalismo cultural que atraviesa la fiesta contemporánea.
En esta conversación repasamos las líneas de fuerza del manifiesto. Empezamos por su background musical y por esa distinción entre música y ruido que abre el ensayo, para adentrarnos después en la experiencia compartida del baile y esa pérdida de la individualidad casi exclusiva de la rave. Hablamos del viaje fuera de la ciudad como parte del ritual, de la dimensión política y reivindicativa que la electrónica hereda de los espacios LGBTIQ+ donde nacieron el house y el techno, y del carácter fantasmático de una música que altera nuestra percepción del tiempo. De ahí saltamos a las tensiones del presente: la fiesta convertida en privilegio, el traspaso de lo underground a la estética mainstream de las redes y, para cerrar, la pregunta por el aura y la autenticidad en un escenario marcado por la inteligencia artificial.

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